Siempre me ha interesado el hecho religioso. El fenómeno que hace al ser humano buscar una explicación a la naturaleza a través de la creación de un ser superior, un demiurgo, un gran relojero creador de todo lo finito e infinito. Ra, Odin, Zeus, Júpiter, Astarté, Gamesh, Yahve, Alah, Dios... ha habido infinidad de dioses, y todos han ido muriendo con las civilizaciones que los inventaron.
Para mí, el ser humano se siente tan solo, y con tal miedo a la muerte, que necesita crearse un paraiso, otra vida más allá de esta, para sentirse reconfortado y aliviar los sufrimientos injustos de su vida terrena. Un Valhalla con valkirias y fiestas sin fín regadas con vino e hidromiel , un oasis llenito de bellas huríes vírgenes, o un nuboso jardín con música de arpas y regordetes bebés alados. ¿Curioso no? ¿Que pasa, que a las mujeres nunca les espera en la otra vida un ejército de torneados jóvenes morenos de ojos verdes y bien dotados?
Bueno, después de irme por los montes de Úbeda, voy a contar la experiencia que he vivido hoy. Fuí a la Cala del Moral, donde me esperaba una amiga que me llevó a ver el Centro Multiusos, donde trabaja dando clases a unos niños y pintando en su taller. La chica es buena, y la estoy apoyando en lo que puedo, sin segundas intenciones. Aquello es propiedad de una comunidad evangélica. Me invitaron a participar en la escuela dominical. Escuché atento a un señor francés explicar la carta del apostol Pablo a la comunidad cristiana de Roma. Fue bastante interesante, para qué negarlo. Aunque su español no era demasiado bueno, pero en fín, lo suplía con gracia.
Luego pasé a una ceremonia, una congregación de unas treinta personas como mínimo en la que dieron alabanzas al señor, oraron y cantaron. La verdad es que fue bastante emotivo, la música en directo no estaba nada mal, las letras eran bonitas, los niños pequeños leyeron felicitaciones a sus padres, etc. El pastor, un sevillano retornado de quince años de estancia en los EEUU, de nombre Juan Carlos, era muy agradable y ocurrente, incluso me saludó por el micro. Ja, yo que quería pasar desapercibido.
Nadie me quiso comer la cabeza ni adoctrinarme, la gente era normal y nadie parecía comer ateos de postre. Calificación de la experiencia: positiva.
Si debo hablar de algo que no me gustase: lo que no me gusta de las religiones que conozco y de todas en general. La obligación de entrega total y absoluta, el que se tenga que bajar la cabeza, en ciertos momentos del ritual de reafirmación catártica, en señal de sumisión a ese supuesto ser superior. No sentí ninguna llamada, ni ninguna energía, ni ninguna comunión ni nada más que frío, que hacía bastante allí.
Queridos lectores y lectoras, sigo siendo ateo hasta la médula, y me sigue interesando el fenómeno creador de creencias y de creyentes.
Saludos a la buena gente, de cualquier religión, o sin ella.
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