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A tí profesora bailarina de rostro ajado y maquillado. Dijiste que en mi mirada había un brillo especial que ultimamente he recuperado. El padre de tu único hijo volvió a la selva nicaragüense. El hijo que perdiste al morir subitamente. Sentí no despedirme y siento saber que esos brazos que me guiaron como en el Bolshoi yacen ahora descarnados. Creo que nadie te amó como viviste.
A tí, pequeña niña, que jugabas ocultando tu cabeza yerma de rizos rubios. Con tus dos años te fuiste envuelta en dolor. Todavía no entiendo por qué me quedé yo.
A tí, abuelo abandonado en tu infancia, que te curtiste en los riscos y en los montes. Que amaste y maltrataste, que preguntabas en cada encuentro por "la peseta" y reías cada una de mis ocurrencias. Que me llevaste a la tertulia de los viejos, a la fresca, entre las palmeras, junto a la corriente seca. En aquel beso iba mi "adios". Hace poco lloré en tu tumba.
Levanto mi vaso por vosotros, héroes del palpitar.
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