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Las series norteamericanas le hicieron mucho daño. Vestía de bata y pijama y proclamaba su reinado de papel kraft, pues lo único que acababa empaquetando eran hamburguesas de píxeles. Basó su breve reinado en enrevesados circunloquios, reiteraciones kafkianas de la narrativa, escorzos fracasados del genio. Durante un tiempo pareció que subiría, se rodeó de gente que le apoyaba y que creía en él. Poco a poco los fue tiñendo de su miseria, así que le dieron de lado, le fueron dejando solo. Quizá no se lo merecía, pero sin duda, sus tretas y sus mañas, sus iniquidades, su ego sobrealimentado, su paranoia, le hicieron merecedor del más árido ostracismo. Hasta los famosos hermanos Flappy, desencantados, se alejaron de su anabólica sombra. Primero uno, triste y desilusionado. Luego otro, airado e insultado. Antes ya había habido disidentes, y habría mucho más. La fama de Zach empezó a llegar a los niveles de Ed Wood, pero sin angora que suavizase las cosas.
Zach fue tonto. No supo aprovechar esa buena predisposición de los que confiaron en su hacer. Las promesas se rompieron y el celofán resultó ser papel higiénico. No supo agradecer y respetar a aquellos que trabajaron con él. Los pisoteó. Su encanto se convirtió en sudorosa chulería y molesta susceptibilidad. Hace tiempo que no le veo. Me imagino que sigue ahí, criticando a sus antiguos amigos, preparando el próximo sablazo, buscando a un nuevo productor incauto. En las fiestas en Palm Springs sigue jurando con la coca cola en una mano, que su próximo largo será un éxito. Y sin embargo, le guardo cierto cariño. Sit tibi terra levis.
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